domingo, 28 de noviembre de 2010

Piénsalo dos veces cuando quieras traicionar.

Habían acordado encontrarse en el último piso, por el pasillo del fondo. Las palabras no alcanzaron a entonar su entrometida intervención, pues la pasión derroto todo ímpetu de mensajes orales, transformando a Ella y a Él en la más pura expresión del santo pecado que mis ojos han podido ver en esta ciudad, tan creyente de doctrinas y moralidades sin fundamento alguno. Él pudo activar cada célula de su cuerpo con el hechizo de su amor profundo, intenso, mágico y puro; pero Ella, expiraba el ensordecedor gemido del gozo con una maldad intensa y rencorosa, por fin tenía en sus manos a la víctima perfecta. Él, con una dulzura incandescente, le tomo la mano y la sintió como una extraña luz en su vida, una ráfaga de esperanza para una vida devorada por costumbre, y depositó toda su fe y esperanza en el hermoso sentimiento que por fin le devolvía ese ansiado brillo en los ojos, el mismo que dejo atrás al momento de cerrar su mundo infantil. Ella, sin más preámbulo, quería hacerlo suyo a toda costa, como una despechada y estúpida forma de vengarse de Aquel que antes había creído su compañero, con el que había escrito ingenuamente la historia del primer y único amor con sudor, sangre y ternura, sellando su historia con una funesta traición; Aquel que era el amor de su vida la había dejado por la primera gamberra que le habló del Edén y manzanas. Yo los miraba desde arriba y era verdaderamente un cuadro patético, ambos actores, una esperanza y una venganza, la última tentaba con el suave perfume del amor a la esperanza para confabular contra la traición.
Una sucia historia entre las manos de Ella, y su cuerpo, impulsivo como siempre, dejó despreciar la falta de coherencia en sus actos. Él tenía miedo de recorrerla y sentirla como quería, su actuar podía jugar en contra y no soportaría el golpe de tanta espera y luego el derrumbe. La temperatura ambiente subía con voracidad de dos “amantes” escondidos de las trivialidades cotidianas, pero unos hostiles tacones osaron a quebrar el clímax. Rápidamente, en un intento por disimular la situación, surgen las palabras antes reprimidas y conversaron de algo de tan trivial que ni siquiera vale la pena nombrar. Fue una fructífera simulación.
La Dama que llego al lugar estaba claramente en decadencia pero aun así, poseía una encantadora belleza dentro de su pálida, extremadamente pálida piel. Tenía unos treinta años y sus ropas parecían haber salido del funeral de Marilyn Monroe, con tacones y vestido corto sin escote, ambos negros, opacos y sin adornos. Su pelo era corto, rizado, muy negro, lo que hacía notar aún más la lividez de su piel; en su rostro resaltaron unos grandes, hermosos, profundos y exageradamente negros ojos almendrados, con pestañas inmensas, y al centro de ellos caía su nariz fina, no muy respingada ni muy caída, acompañada por labios hermosos, grandes, pareciese tallado por el mismo Diablo para tentar a los ángeles del paraíso, pintados de un rojo tan intenso como era el negro de sus ojos. La singular Dama se dirigió al ventanal encontrado al otro extremo del pasillo, contrario donde se encontraba la pareja. Pasó por al lado de Ellos hasta quedarse frente al ventanal, inmóvil, mirando hacia la gran gama de colores que tenían las millones de flores en la plazoleta a aquel piso catorce. Él pareció no extrañarle la mujer, y Ella cuando observó la calma de su pareja, fingió, entre todas las otras cosas, lo mismo. De repente, algo le impidió el correcto proceso de fingir indiferencia: los ojos de la Dama la atraparon como si tuviesen una especie de maldición o conjuro, dejándola inmóvil e indefensa. La misteriosa Dama de Negro, en un suave movimiento, mueve la vista del enorme ventanal hasta llegar a la bella, despechada y cruel muchacha. Ambas fijan si mirada en la otra como si fuese lo último que les quedara. Él, anonadado por la increíble situación, no logró comprenderla y sintió como la ansiedad de respuesta se apoderaba poco a poco de su cuerpo, destrozando cada vez más su auto control y dignidad. Pasaron varios minutos, quizás hasta horas, ante la fotografía, y Él ya empezaba a perderse, preguntando cada vez más fuerte qué pasaba, gritaba, aullaba, lloraba. No obtenía respuesta alguna, ni una mirada, ni un cállate, ni un desprecio, ni un acto de cariño, nada. Siguieron pasando los minutos, hasta que, en un desesperado intento por quebrar la situación, grita lo que jamás siquiera le había susurrado a una mujer. Al terminar el “te amo” desesperado del muchacho, la mujer de negro chilló desesperadamente, con la mirada permanente en la joven, y sin parar de gritar rompe el ventanal con su cuerpo, cayendo a la plazoleta que miraba en un principio.
Ella y Él cruzan sus miradas atónitas y sin pensarlo corren al otro extremo del pasillo a ver a la hermosa y lúgubre dama negra suicida, pero uno de los dos recibió una tétrica sorpresa al bajar la vista. En la plazoleta, rodeada de extrañas flores blancas y negras, yacía Ella, la misma que hace segundos Él había visto a sus profundos ojos verdes, ahora, llenos de calor y un rojo ensordecedor. Miro ha su alrededor intentando creer que todo era parte una cruenta alucinación, pero Ella no estaba ahí, estaba abajo, esperando un milagro, o un ataúd.

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