Resultó que el Fenix solo era el reflejo de una gran llama de pasión, amor, ira, odio y miedo. Al menos eso él creía.
¿Miedo a que? ¿Podría, el Fénix, tener miedo a la muerte?
¿Podría, el Fénix, tener miedo a ser presa de la luna?
De algo estamos seguros, que el miedo más grande del Fénix poco a poco lo consumía, y peor aún, lo consumía sin quemarlo. Quizás este Fénix no fue hecho actuar por instinto, quizás este Fénix no nació para morir y revivir, quizás este Fénix tampoco nació para sentir.
Y cayó la noche, los árboles susurraban la desaparición del Fénix. El aire estaba frío, los caninos aullaban por su calor y asi entregarse a la luna una noche más, todos confiaban en que aparecería. Él siempre lo hacía.
En la sombra de Selene, yacía el Fénix. Muerto jamás, pero ya no era posible borrar el furor cansado de sus ojos con las llamas relucientes de su corazón. Ella acarició una vez más sus alas extintas, su cuerpo desecho, y penetro una vez más en sus ojos con el mágico poder de la tentación, creyendo así que el Fénix volaría de nuevo, esta vez, hasta el fin del caos. Él sentía, de nuevo, su poder radiante que le daba fuerzas, más no las suficientes para que el Fénix pudiese olvidarse del pasado, y pudiese asi olvidar cada engaño en que Selene lo había enredado.
Los faunos veían nacer al sol entre los árboles, que tristes lloraban la desaparición del Fénix, y él, escapando de la furia de media noche, se escabulló entre los últimos rayos cósmicos, para perderse entre los cuerpos celestes, quemar nuevas galaxias, y sobre todo, no volar más al celestial manto de Selene.
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