domingo, 19 de junio de 2011

Eter-nidad.

Ella sentía como el mar los conectaba.

La guerra se había ido. Las grietas del desierto eran la expresión física de cómo había quedado su alma, pero al fin, después de años de lucha, habían derrotado a la dominación de los traidores. Las tragedias bélicas se fueron junto a miles de vidas, pero dejaron al amor por la libertad y la vida de la gente, y es ese mismo mismo pueblo que durante años sufrió, él que hoy proliferaba alegría. Ella se abstuvo de las celebraciones colectivas, y, corriendo a las playas virginales, escapaba a lo que nunca fue su destino, la soledad.
La más hermosa de las soledades era las que vivía a en la memoria de quién se había despedido entre balas y estallidos, cuando el filo enemigo se lo había llevado a quién sabe dónde. Junto a las olas, clavó sus ojos en el horizonte. Su cuerpo personificó la tranquilidad y por sobre todo, la libertad. El amor profundo de su corazón se concretaba en pequeños trozos de estrella que caían de sus ojos. En ese momento, una mano, muy conocida, suave, seca, aprieta su vientre.
A pesar de que en el último tiempo la confusión sueños-realidad era permanente, no se preguntó si era un espejismo o una alucinación. Ya sabía lo que pasaría, la presencia de él no era sorpresa ni coincidencia, menos irrealidad, y estaba allí, abrazándola, reviviendo, renaciendo. Los ojos les brillaron tal como antes, la muerte ya no estaba presente en sus pupilas. Yo fui una memoria clavada viento y pude ver como con sus cuerpos intercambiaban palabras junto a pétalos de rosas.
Él le preguntó si estaba lista, ella asintió, y al instante el cuchillo enemigo entró en su vientre. La misma arma que los separo, hoy los junta, y, atrapados en una sola muerte, empieza la explosión de sangre mientras mariposas adornan el paisaje marino, seduciendo a los océanos.
La muerte siente el olor de la carne y empieza a rondarlos, su deber es llevar al inframundo al alma suicida.

Pero este no era cualquier suicidio, este no era un suicidio.

Atardecía, él la protegía del inframundo mientras el sol se reflejaba en el mar. En ese momento yo era una memoria clavada en las piedras, y pude ver como cobraba sentido la palabra eternidad.

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