sábado, 9 de julio de 2011

Un fome monólogo interior.

Extranjero en su tierra, extranjero de sí mismo...

Es la frase que más recuerdo de cuando leí "El extranjero" de Albert Camus. La verdad, no entendí la mitad del libro. No estaba atenta, ni interesada, un examen más en que, lo más probable, no me ayudaría en nada en la vida. Yo era una pendeja de 14 años o menos, y ahora que sigo siendo una pendeja, la frase me adormece todos los días. 
La gente, la calle, la alta suciedad, la vida en general, todo es ajeno. Mis amigos y mis cercanos, si es que realmente existen las amigos y los cercanos, están a kilómetros de distancia. No me siento especial, ni única, solo lejana, me repugna la falsedad entre los actos de caridad, los ojos del demonio disfrazados de sotana, y no es que esto sea algo clerical y toda la mierda que se acumula en los intestinos.
Pero no todo es tan sucio. En los únicos momentos del día en que no estoy sola, hablando más allá de lo físico, es cuando él está conmigo. Siempre odie (o temí, aún no llego a un acuerdo conmigo misma) las relaciones dependientes uno del otro, pero ya no estoy para mañas, y aún no me considero (o no he admitido, otro desacuerdo onírico) que esté viviendo de una dependencia "mala". Tengo la suerte ( y el amor) de tener justo enfrente de mi a la única persona capaz de salvarme de mi misma. 
Soy un arma auto-destructiva cuando veo a las personas acercase a mi por los beneficios y alejarse por que no los tienen, lazos afectivos baratos. Odio el cinismo en las personas, y con qué cara lo digo, si yo soy cínica día a día, fingiendo ante todos una armonía con el medio social, la cuál carezco hace tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario